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EUCARISTIA Y PALABRA

La celebración de la eucaristía y la predicación de la palabra de Dios formaban en la primitiva Iglesia el corazón mismo de la vida de la comunidad, para gloria de Dios en la edificación del cuerpo de Cristo (1 Cor 10,31; Ef 4,12). “perseveraban en la doctrina de los apóstoles y en la comunidad fraternal: en la fracción del pan y en la oración” Otto Karrer, Meditaciones bíblicas

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LA ACTUALIDAD DE UNA PROPUESTA”, por Félix María Arocena

Comenta el autor en este artículo la exhortación apostólica “Sacramentum caritatis”, de Benedicto XVI. De manera especial, va a reflexionar sobre la relación entre el Misterio eucarístico y la celebración que lo actualiza. Afirma el autor que la Liturgia, como realidad mística, es una Fe celebrada y que por su propia actualización “la liturgia posee eficacia para introducir a los fieles en el conocimiento del Misterio celebrado”. Este sería el resumen del artículo.

A continuación el autor explica cómo a lo largo de la historia así han sido las cosas, especialmente en los primeros siglos del cristianismo, donde la liturgia constituyó la llama viva de la vida cristiana. Las celebraciones, también por la dimensión histórica que la Iglesia estaba atravesando (con persecuciones y martirios), se unían a la Pasión con una especial solemnidad, que se trasladaba también a la vida cotidiana de los cristianos.

El autor comenta que a lo largo de los siglos hubo cambios en esta concepción del Misterio y de la celebración litúrgica. Desaparece la idea de que la liturgia y las celebraciones son un encuentro con la trascendencia infinita de Dios. El paso de los siglos transforma el sentir y la actitud de los cristianos, que acuden a la eucaristía con la sensación de cumplir un mandato. Las expresiones populares –“ir a Misa”, “oír la Misa”- explican este distanciamiento.

El Concilio Vaticano, en la “Sacrosantum Concilium”, quiere que la Iglesia regrese a los primeros años de su Historia en lo que a la actitud de los fieles y la liturgia se refiere.

El autor reflexiona a continuación sobre un concepto clave: participación. Los fieles, como se dice en la “Sacrosantum Concilium”, no pueden ser meros espectadores de una ceremonia. Para explicar en qué consiste la participación que se exige a los fieles en la celebración del Misterio se recurre al paralelismo de las tragedias griegas clásicas, con el concepto de “catarsis”que sintetiza la actitud de los espectadores y la influencia purificadora que reciben de la asistencia a ese espectáculo.

En la celebración eucarística, Cristo y la Iglesia ofrece y se ofrecen. Y los fieles, como parte de esa Iglesia, también deben ofrecer en la Eucaristía su vida como sacrificio. Dice el artículo: “Las celebraciones litúrgicas no son esferas cerradas sobre sí mismas; ni el culto cristiano consiste en asistir a hermosas ceremonias”. Participar es dejar hacer al Espíritu para que nos transforme en una sola oblación. El autor desarrolla la idea de que la eucaristía conecta con la vida: no está de una parte el rito y de otra la vida, sino que el rito es el aperitivo, la antesala, de la vida. El sacrificio eucarístico alcanza su plenitud en la vida corriente y cotidiana de los fieles, donde se “actualizan” loas gracias y los beneficios recibidos.

Revista Palabra, 556, 1-10 [40-43]

Resumen de Adolfo Torrecilla

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CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA nn. 1066-1690

Las primeras líneas de la sección titulada “La economía sacramental” marcan las líneas maestras de lo que luego el catecismo desarrollará más detenidamente: “El día de Pentecostés (…) la Iglesia se manifiesta al mundo. El don del Espíritu Santo inaugura u tiempo huevo en la “dispensación del Misterio”: el tiempo de la Iglesia, durante el cual Cristo manifiesta, hace presente y comunica su obra de salvación mediante la Liturgia de su Iglesia hasta que él venga”.

El capítulo primero trata de “El Misterio Pascual en el Tiempo de la Iglesia” y define la Liturgia como “obra de la Santísima Trinidad”. A continuación se explica esa presencia y acción de cada una de las personas de la Santísima Trinidad.

El artículo segundo de este capítulo se titula “El Misterio Pascual en los sacramentos de la Iglesia” y comienza con esta importante afirmación: “Toda la vida litúrgica de la Iglesia gravita en torno al sacrificio eucarístico y los sacramentos”.

Primero se describe lo que tienen en común todos ellos. “Las palabras y las acciones de Jesús durante su vida oculta y su ministerio público eran ya salvíficas. Anticipaban la fuerza de su misterio pascual. Anunciaban y preparaban aquello que Él daría a la Iglesia cuando todo tuviese su cumplimiento. En el plan de salvación, los sacramentos son las obras maestras de Dios en la nueva y eterna alianza. Los sacramentos son de la Iglesia porque existen “por ella” y “para ella”. En este Plan, los sacramentos están ordenados a la santificación de los hombres, a la edificación del Cuerpo de Cristo y, en definitiva, a dar culto a Dios”. Su importancia es tal que ningún rito sacramental puede ser modificado o manipulado a voluntad del ministro o de la comunidad. Además, celebrados dignamente en la fe, “los sacramentos confieren la gracia que significan” y son necesarios para la salvación. Estas celebraciones las hará la Iglesia hasta “que él venga”. De alguna manera son ya una participación en la vida eterna.

El capítulo segundo lleva por título: “La celebración sacramental del Misterio Pascual”. En él, se tratará de la celebración delos sacramentos de la Iglesia, con este orden: quién celebra, cómo celebrar, cuándo celebrar y dónde celebrar.

¿Quién celebra?: “La Liturgia es “acción” del Cristo total, una participación de la Liturgia del cielo. Celebra “el Cuerpo de Cristo unido a su cabeza”; no son acciones privadas sino de toda la Comunidad. Son, pues, celebraciones de toda la Iglesia, aunque no todos los miembros tienen la misma función. Funciones del sacerdocio ministerial.

¿Cómo celebrar?: “Una celebración sacramental está tejida de signos y de símbolos. Según la pedagogía de la salvación, su significación tiene su raíz en la obra de la creación y en la cultura humana, se perfila en los acontecimientos de la Antigua Alianza y se revela en plenitud en la persona y la obra de Cristo”.           Todas las religiones de la humanidad atestiguan el sentido cósmico y simbólico de los ritos religiosos. “Toda celebración sacramental es un encuentro de los hijos de Dios con su Padre, en Cristo y en el Espíritu Santo, y este encuentro se expresa como un diálogo a través de acciones y de palabras”. A continuación se habla de la importancia y el papel de la Sagrada Escritura en las celebraciones y, también, del canto, la música y las imágenes sagradas.

¿Cuándo celebrar? En primer lugar, el domingo, día del Señor y síntesis del Triduo Pascual. Luego las fiestas el tiempo litúrgico, venerando de manera especial a la Madre de Dios. También se hace memoria de los mártires  los santos. Y a continuación se explica el significado profundo de la Liturgia de las Horas, la oración pública de la Iglesia y la oración de todo el pueblo de Dios.

¿Dónde celebrar? “El culto “en espíritu y en verdad” de la Nueva Alianza no está ligado a un lugar exclusivo. Toda la tierra es santa y h sido confiada a los hijos de los hombres”. Cuando las circunstancias lo permiten, se construyen templos dedicados al culto divino donde se hace oración y se reserva la sagrada eucaristía.

Esta sección finaliza con un artículo dedicado a la “diversidad litúrgica y unidad del misterio de Cristo”. “Las diversas tradiciones litúrgicas o ritos (…) manifiestan la catolicidad de la Iglesia”.

Resumen de Adolfo Torrecilla

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CONSTITUCIÓN SACROSANCTUM CONCILIUM SOBRE LA SAGRADA LITURGIA

Teniendo en cuenta las necesidades el tempo presente y para mejorar la vida cristiana de los fieles, el Concilio Vaticano II propone una reforma de la Liturgia. Para el Concilio, “la liturgia es el misterio de la Iglesia” que se concreta sobre todo en el divino sacrificio de la Eucaristía. La liturgia robustece la fe de los fieles y es símbolo de unidad de la fe de todos los creyentes.

Esta unidad no significa uniformidad. Dice la Constitución que la Iglesia “atribuye igual derecho y honor a todos los ritos legítimamente reconocidos y quiere que en el futuro se conserven y fomenten por todos los medios”.

Los principios generales de la reforma que introduce el Concilio Vaticano II subrayan que la obra de salvación se realiza en Cristo a través del Misterio Pascual. La continuación de estos Misterios, que alcanzaron la plenitud con Cristo, se realiza en la vida de la Iglesia, la encargada de proclamar los sacramentos y el sacrificio eucarístico, “en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica”.

Conviene no olvidar que Cristo está presente en su Iglesia, “sobre todo en la acción litúrgica”. Por esto, se considera la Liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Cristo. Y a través de la Liturgia terrena tomamos parte en la Liturgia celestial, “que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos”. Y aunque no se trata de la única actividad de la Iglesia, “es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana su fuerza”. Para que la Liturgia tenga efecto en los fieles es necesario que éstos se acerquen con “recta disposición de ánimo, pongan su alma en consonancia con su voz y colaboren con la gracia divina”. Fe, por tanto, para mejorar las disposiciones personales.

El Concilio Vaticano II insiste en promover la educación litúrgica y la participación activa, “porque es la fuente primaria y necesaria de donde han de beber los fieles el espíritu verdaderamente cristiano”. Para ello, se debe fomentar y mejorar la formación de profesores de Liturgia y la formación litúrgica del clero, de los seminarios y de los institutos religiosos.

A continuación se concreta la reforma que se propone. Dice el Documento que “la Liturgia consta de una parte que es inmutable por ser de institución divina, y de otras partes sujetas a cambio, que en el decurso del tiempo pueden y aun deben variar”. “En esta reforma, los textos y los ritos se han de ordenar de manera que expresen con mayor claridad las cosas santas que significan y, en lo posible, el pueblo cristiano pueda comprenderlos fácilmente y participar en ellas por medio de una celebración plena, activa y comunitaria”.

En relación con la normas generales que se dan se dice claramente que sólo la Jerarquía puede introducir cambios en la Liturgia y que, “por lo mismo, nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la Liturgia”. Luego se dice que hay que fomentar “el amor vivo y suave” hacia la Sagrada Escritura. Y se propone también que se revisen los libros litúrgicos.

La liturgia es una acción jerárquica y comunitaria. “No son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es sacramento de unidad”.  En esa celebración comunitaria se propone una activa participación de los fieles y no se hará ninguna acepción de personas.

A continuación se especifican algunas normas derivadas del carácter didáctico y pastoral de la Liturgia, que tienen que ver con la estructura de los ritos, el uso de la Biblia como predicación y catequesis litúrgica, la lengua que se debe emplear, etc. Eso sí, como se recomienda en el siguiente apartado, se debe adaptar la liturgia a la mentalidad y tradiciones de los pueblos: “respeta y promueve el genio y las cualidades peculiares de las distintas razas y pueblos”.

Los siguientes apartados hablan del fomento de la vida litúrgica en la diócesis y en la parroquia. Se describe la vida litúrgica diocesana y parroquial, con especificaciones sobre el fomento de la acción pastoral litúrgica.

El Documento dedica después un apartado importante al “Sacrosanto misterio de la Eucaristía”: la celebración del Misterio Pascual, donde la participación de los fieles debe ser mucho más activa. Sobre este punto, se dice: “la Iglesia (…) procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen conscientes, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, se perfecciones día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios sea todo en todos”.

Y aspectos concretos que se abordan son la revisión del ordinario de la Misa, aportar mayor riqueza bíblica en los misales, las homilías, etc.

Tras la celebración eucarística se describen en el siguiente capítulo “los demás sacramentos y sacramentales”. “Los sacramentos –se dice en el Documento- están ordenados a la santificación de los hombres, a la edificación del Cuerpo de Cristo y, en definitiva, a dar culto a Dios; pero en cuanto signos también tienen un fin pedagógico. No sólo suponen la fe sino que, a la vez, la alimentan, la robustecen y la expresan por medio de palabras y de cosas”. Lo mismo sucede, a otro nivel, con los sacramentales, instituidos por la Iglesia, signos sagrados creados según el modelo d los sacramentos, por medio de los cuales se expresan efectos, sobre todo de carácter espiritual, obtenidos por la intercesión de la Iglesia”. Los sacramentos y sacramentales están en relación con el Misterio Pascual. Luego el Documento detalla algunas cuestiones sobre la celebración de los sacramentos.

El siguiente capítulo está dedicado al “Oficio Divino”. La “función sacerdotal se prolonga a través de su Iglesia que, sin cesar, alaba al Señor e intercede por la salvación de todo el mundo no sólo celebrando la Eucaristía, sino también de otras maneras, principalmente recitando el Oficio divino”. Se destaca su valor pastoral y se insiste en que, para todos los cristianos, es fuente de piedad. Además, es la oración pública de la Iglesia.

El capítulo V está dedicado al “Año Litúrgico”: “La santa madre Iglesia considera deber suyo celebrar con un sagrado recuerdo en días determinados a través del año la obra salvífica de su divino Esposo”. Primero, el día del Señor, el domingo, donde se conmemora su resurrección. Luego, la conmemoración de los misterios de la redención y el importante papel que tiene la Virgen María. También las fiestas relacionadas con los mártires y los santos. El Concilio se propone una revalorización del domingo, la fiesta primordial de la Iglesia, día de alegría y de liberación del trabajo.

Los dos últimos capítulos de este Documentos sobre la reforma de la Liturgia están dedicados a la Música Sagrada y al Arte y los Objetos Sagrados.

Resumen de Adolfo Torrecilla

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CULTO CRISTIANO

En el ofrecimiento que Jesús hace de sí mismo, encontramos toda la novedad del culto cristiano. En la antigüedad, los hombres ofrecían como sacrificio a las divinidades los animales o las primicias de la tierra. Jesús, por el contrario, se ofrece a sí mismo, su cuerpo y toda su existencia: Él mismo en persona se convierte en ese sacrificio que la liturgia ofrece en la santa Misa. De hecho, con la consagración, el pan y el vino se convierten en su verdadero cuerpo y sangre. San Agustín invitaba a sus fieles a no quedarse en lo que se les presentaba a la vista, sino a ir más allá: “Reconoced en el pan –decía– ese mismo cuerpo que fue colgado sobre la cruz, y en el cáliz esa misma sangre que manó de su costado” (Disc. 228 B, 2). Para explicar esta transformación, la teología ha acuñado la palabra “transubstanciación”, palabra que resonó por primera vez en esta basílica, durante el IV Concilio Lateranense, del que se celebrará el octavo centenario dentro de cinco años. En esa ocasión, se introdujeron en la profesión de fe las siguientes palabras: “su cuerpo y sangre están contenidos verdaderamente en el sacramento del altar, bajo las especies del pan y del vino, pues el pan está transubstanciado en el cuerpo, y la sangre en el vino por poder de Dios” (DS, 802). Por tanto, es fundamental que en los itinerarios de educación en la fe de los niños, de los adolescentes y de los jóvenes, así como en los “centros de escucha” de la Palabra de Dios, se subraye que en el sacramento de la Eucaristía Cristo está verdadera, real y substancialmente presente.
Benedicto XVI, Discurso San Juan de Letrán, 15.VI.2010

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